En semanas anteriores compartimos la primera parte de las Hormigas en el huerto. Hoy presentamos la segunda entrega, con la que podremos descubrir nuevos aspectos interesantes de estos pequeños habitantes del huerto, nuevamente de la mano del experto en Fauna Auxiliar, Antonio Bravo Rodríguez.
¿Son realmente las hormigas un problema en el huerto o estamos interpretando mal lo que vemos?
En la primera parte de este artículo proponía algo aparentemente sencillo como era detenernos a observarlas. La intención era alejarnos de esa visión simplista que tiende a considerarlas únicamente como un inconveniente, para empezar a entender que su presencia responde, en la mayoría de los casos, a procesos más complejos dentro del agroecosistema, fundamentales para reforzar la resiliencia del mismo.
En esta segunda parte me gustaría dar un paso más allá.
Si en aquel primer artículo el foco lo ponía en cambiar la mirada, en esta ocasión la propuesta es profundizar en algo que considero clave: las interrelaciones que las hormigas establecen con otros organismos y con el propio medio. Porque es precisamente el conocimiento de estas interacciones lo que nos permitirá comprender su verdadero papel con el agroecosistema.
Cuando se habla de hormigas, siguen repitiéndose afirmaciones que han acabado aceptándose casi como verdades incuestionables: que dañan las plantas, que provocan plagas o que eliminarlas es la solución. Sin embargo, este tipo de interpretaciones suelen partir de una observación incompleta, en la que se aísla al organismo como una parte de un todo.
Las hormigas no actúan de forma independiente. Su comportamiento alimentario es oportunista y variado: pequeños insectos, restos orgánicos, semillas y, especialmente, sustancias azucaradas como la melaza producida por pulgones y/o cochinillas. Esta última relación es, probablemente, la más visible en el huerto y también la que más confusión genera cuando no se interpreta correctamente.

Es habitual observarlas asociadas a los áfidos, en ocasiones interactuando activamente con ellos, incluso desplazándolos como si de verdaderos pastores se tratasen. Pero conviene detenerse en este punto: las hormigas no originan la presencia de pulgones. Lo que hacen es integrarse en una relación ya existente, aprovechando un recurso disponible dentro del agroecosistema, fruto de procesos milenarios de coevolución entre especies.
Esta interacción simbiótica, basada en el intercambio de nutrientes, donde ambos organismos se benefician, se conoce como trofobiosis (1) entre dos animales y es sólo una de las muchas relaciones que pueden establecerse. Es precisamente aquí donde cobra sentido ampliar la mirada.
(1) En este artículo utilizamos el término trofobiosis como concepto biológico, haciendo alusión a un tipo de mutualismo trófico donde hay un intercambio directo de nutrientes. En concreto, la expresión es utilizada por Lebas et al. (2017) en su Guía de Campo de las Hormigas de Europa Occidental (Omega). Por otra parte, en un próximo artículo abordaremos este vocablo desde otra perspectiva, específicamente desde la óptica que Francis Chaboussou plantea en su “Teoría de la Trofobiosis”. Esta teoría se centra en que la relación planta-insecto está basada en el equilibrio nutricional, el cual es roto por a la aplicación de insumos químicos de síntesis (herbicidas, pesticidas y fertilizantes), lo que provoca una condición metabólica en las plantas que las hace mas susceptibles al ataque de patógenos; es entonces cuando el “insecto” (componente del agroecosistema) se convierte en “plaga” (categoría funcional antropocéntrica).

Las hormigas no sólo se relacionan con otros insectos. También intervienen en el consumo de semillas, lo que se conoce con el nombre de mirmecogranivoría, contribuyendo en algunos casos a reducir el banco de adventicias, lo que algunos llaman malas hierbas. A esto se le suman las relaciones que establecen con otros artrópodos que se benefician de su presencia, así como con determinadas plantas que han desarrollado mecanismos específicos para atraerlas.
En este último aspecto, existen incluso cultivos agrícolas que pueden considerarse mirmecófilos, lo que nos da una pista de la estrecha relación que mantienen con estos insectos. Es el caso de cultivos como: las habas, el girasol, el algodón o algunos frutales como melocotoneros o nectarinos, donde la presencia de nectarios extraflorales favorecen estas interacciones. Donde las hormigas acuden atraídas por estas fuentes de alimento y, en determinadas circunstancias, pueden desempeñar un papel defensivo frente a otros insectos fitófagos (algunos potenciales plagas), protegiendo con celo la fuente de recursos que les ofrece la planta y por ende el propio cultivo. Sin embargo, como ocurre con frecuencia en agroecología, estas relaciones no son lineales ni siempre favorables en el mismo sentido, pudiendo también proteger a organismos como los pulgones, que han desarrollado estrategias similares a la de las plantas mirmecófilas, fruto de una larga coevolución con las hormigas.

Otra relación entre hormigas y plantas, mucho más limitada y compleja, es la polinización. Las hormigas no son polinizadores habituales, aunque existen algunas excepciones. Su papel en el agroecosistema está más relacionado con la defensa y las interacciones tróficas que con la polinización directa de las plantas, aunque también pueden contribuir.
Si a todo ello añadimos la relación que establecen con el suelo, el nivel de complejidad —y, en consecuencia, el equilibrio del agroecosistema— aumenta. La construcción de galerías no es solo un efecto visible, sino una interacción que influye en la estructura del suelo, su aireación, la incorporación de materia orgánica, la dinámica del agua e incluso en su relación con los microorganismos, especialmente los hongos, un tema que daría para otro monográfico.
Todo ello nos lleva a una idea fundamental: las hormigas no pueden interpretarse desde un enfoque aislado, sino relacional. Su papel no es fijo, ni unidireccional, ni fácilmente clasificable. Depende de las especies implicadas, del momento y del equilibrio del agroecosistema.
Por eso, el manejo no debería centrarse en eliminarlas, sino en comprender qué relación están poniendo de manifiesto para proponer la estrategia más adecuada. Actuar directamente sobre las hormigas, sin atender a estas interacciones, suele traducirse en intervenciones poco eficaces y, en ocasiones, contraproducentes para el equilibrio del sistema.
Desde una perspectiva agroecológica, debemos favorecer sistemas donde estas relaciones puedan desarrollarse de forma equilibrada y aumentando su complejidad: suelos vivos, diversidad de hábitats, menor perturbación, policultivos y ausencia de tratamientos indiscriminados.
Y es precisamente cuando empezamos a entender cómo se relacionan (más que simplemente dónde aparecen) cuando comenzamos a interpretar correctamente lo que está ocurriendo en nuestro huerto.
Las hormigas no son un problema,
¡ son aliadas clave del huerto cuyo papel se entiende al observar cómo se relacionan y contribuyen al equilibrio del agroecosistema !


