Históricamente las gallinas han jugado en los hogares el papel de recicladores por excelencia. Su integración en los huertos es la mejor opción para diversificarlos incorporando este elemento capaz de cerrar el ciclo de nutrientes. Así, estos animales consumen los restos orgánicos del hogar transformándolos en gallinaza, un abono orgánico rico en nutrientes esenciales para nuestros cultivos, consiguiendo una conveniente reducción de residuos cuyo destino es el vertedero.
En este artículo se expondrán algunos consejos y las informaciones básicas necesarias para abordar la introducción de gallinas domésticas a un huerto.
El primer paso es comunicar a las autoridades la intención de incorporar un gallinero al huerto, tanto a la Oficina Comarcal Agraria (OCA) más cercana como al Ayuntamiento correspondiente, con la finalidad de registrar la granja en el modelo de explotación más adecuado a las necesidades individuales, como podría ser el alta como “Explotaciones de ocio, enseñanza e investigación”.

Para proporcionarles las mejores condiciones de bienestar, es fundamental tener en cuenta que las gallinas domésticas son animales tímidos y cautelosos. Provienen de los bosques del sudeste asiático y apenas les gustan los espacios abiertos, por lo que tienden a ocultarse entre la maleza.
Las instalaciones deben estar diseñadas al objeto de ofrecerles refugio, protegiéndolos de posibles amenazas (depredadores como zorros y ratas), de las inclemencias del clima y de las enfermedades. Además deben facilitar la recogida de los huevos. El recinto deberá estar bien ventilado (asegurando una adecuada calidad del aire libre de humedad y amoniaco), a la vez que impida la entrada de corrientes de aire. Es necesario que la luz sea homogénea, evitando sombras que induzcan a la puesta de huevos fuera del nidal, espacio en el que las gallinas ponen los huevos.
Es fundamental que las aves tengan espacio suficiente para moverse, comer, beber, dormir y poner los huevos, así como que dispongan de suficientes comederos, bebedores y aseladeros (estructura que utilizan las aves de corral para posarse y descansar). Se recomienda que cada 6 gallinas disponga de al menos 1 m2 de superficie. Los nidales, a su vez, necesitan ser atractivos para la puesta, deben estar cubiertos de materiales confortables y ubicarse lejos de ruidos y otras molestias.
En el caso de que sean colectivos, requieren al menos 120 cm2 de nido por gallina. El suelo debe estar cubierto de yacija: material que absorbe la humedad y facilita la retirada de excrementos y permanecer lo más seco posible.
En el exterior, cada animal debe disponer de al menos 4 m2 de terreno, siendo imprescindible la presencia de sombras y vegetación, que harán atractiva la salida a estos espacios.
En cuanto a las mejores razas, las autóctonas suelen ser una buena elección debido a su rusticidad y adaptación al medio. Sin embargo, es importante tener en cuenta que son algo más nerviosas.
Además, su comportamiento productivo es inferior en el caso de que su alimentación se base en piensos industriales. Las gallinas son animales omnívoros, cada una puede comer al día aproximadamente 120 gramos de pienso, compuesto por una mezcla de cereales, leguminosas y minerales, principalmente calcio, o bien reciclar los restos del huerto y el hogar transformándolos en huevos y gallinaza.
El ciclo sexual de las aves y en consecuencia la puesta, vienen marcados por la duración del fotoperiodo. Así los días de luz creciente producen un estímulo importante tanto en la puesta como en la maduración sexual.
Para poder prever la puesta de huevos, es decir, cuándo y cómo, es necesario conocer los ciclos que marcan la vida productiva de las gallinas. El periodo que transcurre desde que nacen las aves hasta que alcanzan la madurez sexual, entre 150 y 160 días, se denomina periodo de cría, siendo este el más delicado de la vida del animal, por eso es necesario extremar los cuidados de manejo y alimentación para garantizar su supervivencia. Una vez superada esta fase, comienza la producción de huevos, que sigue un patrón cíclico. El tiempo que transcurre desde la ovulación hasta que el huevo es expulsado es de 24 a 26 horas. La puesta variará a lo largo de la vida de las gallinas, alcanzando un pico a las 8 o 10 semanas de haber empezado, dicha fase que dura entre 6 y 7 semanas termina con una reducción progresiva de la misma.
La vida productiva media de una gallina es de año y medio a dos años, aunque pueden vivir muchos años más. Por esto, lo habitual es introducir pollitas nuevas una vez que se haya finalizado este periodo productivo.
Las aves renuevan su aparato reproductor durante un proceso natural denominado la muda. En este proceso sufren una serie de cambios metabólicos que conllevan su rejuvenecimiento, recuperan la producción y mejoran el tamaño y la calidad del huevo. Durante esta etapa cambian las plumas y dejan de comer.
Uno de los principales problemas del gallinero es la pica. Es una alteración del comportamiento que consiste en la ingesta de materiales anómalos, comenzando por las plumas de las compañeras ocasionándoles lesiones y, en algunos casos, la muerte. Si apareciera en nuestros gallineros, debemos revisar cuestiones como la calidad del pienso, la temperatura y ventilación del gallinero, así como la densidad de aves. En segundo lugar, están los parásitos conocidos como coccidios, que producen afecciones intestinales. Para prevenirlos es imprescindible mantener las camas, hechas de viruta, paja o turba, limpias y secas, cambiándolas con frecuencia, así como acidificar con vinagre al 1-2 % el agua de bebida.
En conclusión, antes de incorporar un gallinero a un huerto es necesario tener en cuenta aspectos como el registro del mismo, las instalaciones necesarias, la alimentación, las horas de luz y la raza que más se adecúe al lugar donde vivimos. Si diseñamos nuestro gallinero teniendo en cuenta todos estos elementos, evitaremos la aparición de cualquier problema.
