Como ya sabéis, Andalhuerto crece gracias a la colaboración de personas y entidades que, con su generosidad y compromiso, impulsan una comunidad huertera donde aprender y cooperar juntos.
Hoy queremos compartir el proyecto de formación en huertos liderado por nuestro colaborador incondicional, Renato Álvarez, un auténtico experto en huertos, que nos relata su experiencia en esta iniciativa desarrollada en Guinea-Bissau, centrada en la formación de mujeres como principales protagonistas.
Los huertos y cuestiones ligadas a él como el cuidado de las semillas locales, el rescate del saber local y la incorporación de técnicas agroecológicas al huerto, nos igualan, seamos de donde seamos, y el cuidado por la tierra y los recursos nos conecta. Él mismo nos lo cuenta. ¡ GRACIAS RENATO !
Huertas agroecológicas en Guinea-Bissau: cultivar resiliencia en contextos frágiles
Acabo de regresar de Guinea-Bissau, donde he participado como consultor internacional en agroecología en un proyecto de cooperación impulsado por la ONG granadina ASAD. La experiencia, además de su intensidad profesional, ofrece claves relevantes para el debate actual en torno a la agricultura ecológica en contextos de alta vulnerabilidad.
ASAD desarrolla iniciativas en distintos países con un enfoque integral que combina soberanía alimentaria, equidad de género, educación para el desarrollo y comunicación social. En este caso, el trabajo se sitúa en uno de los países más empobrecidos del mundo, marcado por una inestabilidad política crónica y limitaciones estructurales que afectan directamente a los sistemas productivos y al acceso a alimentos.

El proyecto en curso tiene como eje la implantación de huertas agroecológicas en diferentes territorios del país: en la zona continental, concretamente en las regiones de Gabú y Bafatá, y en Bubaque, dentro del archipiélago de las Bijagós, uno de los enclaves ecológicos y culturales más singulares de África occidental. Esta diversidad territorial obliga a adaptar las estrategias agronómicas a condiciones edafoclimáticas y socioculturales muy diferenciadas.
Un componente estratégico del proyecto ha sido la formación de formadores: se ha trabajado con un equipo de personas locales que serán las encargadas de replicar los contenidos y acompañar a las mujeres en la puesta en marcha de las huertas, la aplicación de los principios agroecológicos y el seguimiento técnico de los cultivos. Este enfoque busca asegurar la continuidad del proyecto en el tiempo, reforzando capacidades endógenas para que, progresivamente, los procesos puedan sostenerse de manera autónoma.
Dentro de este proceso, una de mis tareas principales ha sido la elaboración de un Manual de Agroecología específico para huertas comunitarias, adaptado al contexto de Guinea-Bissau, así como el diseño de los materiales formativos utilizados durante las capacitaciones. Estos recursos buscan facilitar la transmisión de conocimientos de manera práctica, accesible y contextualizada, permitiendo su apropiación por parte de los equipos locales.
Las mujeres de las comunidades participantes están acogiendo el proyecto con un entusiasmo notable, en parte porque las intervenciones no se limitan al ámbito formativo. Se están construyendo pozos y se están instalando sistemas de bombeo solar mediante placas fotovoltaicas, lo que reduce de forma muy significativa el esfuerzo físico asociado a la extracción manual de agua. Asimismo, se están habilitando perímetros de vallado para proteger las huertas frente al acceso del ganado, uno de los principales problemas señalados por las propias comunidades, que con frecuencia provoca daños en cultivos y cercados tradicionales.
Un elemento clave del proyecto es la articulación de canales cortos de comercialización.

Las mujeres participantes no solo producen para autoconsumo, sino que comercializan excedentes en mercados locales y en el sector de la hostelería, generando ingresos que contribuyen a la economía familiar. Este componente económico resulta fundamental para consolidar los procesos iniciados en campo

Más allá de los indicadores cuantitativos, el impacto del proyecto se percibe en dimensiones menos visibles pero igualmente relevantes: fortalecimiento organizativo, generación de redes de apoyo y reconocimiento del papel de las mujeres como agentes clave en la sostenibilidad de los sistemas alimentarios
En un contexto especialmente vulnerable al cambio climático, donde la irregularidad de las lluvias y la degradación del suelo son factores críticos, la agroecología se plantea como una estrategia de resiliencia. No solo permite estabilizar la producción, sino que reduce la dependencia de insumos externos y fortalece la autonomía de las comunidades.
Trabajar en un contexto como Guinea-Bissau obliga a cuestionar enfoques simplistas y a situar la agricultura ecológica en su dimensión más política y transformadora. Aquí, cultivar no es solo producir alimentos: es construir autonomía, resiliencia y dignidad en condiciones adversas.
A nivel personal, ha sido especialmente significativo comprobar la fuerte cohesión de las comunidades que hemos visitado. Varias familias comparten el día a día, celebran juntas, afrontan dificultades colectivamente y resuelven sus conflictos desde una lógica comunitaria que, en muchos aspectos, interpela directamente a nuestras formas de vida. Hay una inteligencia social y una capacidad de apoyo mutuo que merece ser reconocida y, en cierto modo, aprendida.
Lejos de quedarme únicamente con la dureza que implica convivir con situaciones de pobreza y sufrimiento, esta experiencia me ha permitido ampliar la mirada y entender mejor la complejidad del mundo en el que vivimos.

También me llevo, de forma muy clara, una sensación de esperanza. Es evidente que no vamos a acabar con las guerras ni con el hambre a gran escala, pero el sentido de este trabajo aparece en otra dimensión: si una sola familia logra producir sus propios alimentos, generar bienestar y avanzar hacia una mayor autonomía, el esfuerzo habrá merecido la pena.
Su alegría, su hospitalidad y su fuerza —sostenidas sobre valores que a menudo damos por perdidos— dejan una huella difícil de explicar, pero imposible de olvidar.
¿Cuáles serán los próximos pasos?
El trabajo no termina aquí. La siguiente fase pasa por seguir acompañando a las mujeres mediante un seguimiento periódico, apoyado en el equipo local previamente formado. Se establecerán indicadores que permitan evaluar la eficiencia de los procesos, la correcta aplicación de las técnicas agroecológicas, la evolución de las cosechas, así como el grado de organización y autonomía en la gestión de las huertas. Este seguimiento será clave para ajustar estrategias, consolidar aprendizajes y garantizar que, a medio plazo, las comunidades puedan sostener por sí mismas los sistemas productivos puestos en marcha.








