En 1973, Richard B. Root, un destacado ecólogo y biólogo evolutivo estadounidense, de la Universidad de Cornell, publicó un trabajo que se convertiría en referencia obligada para generaciones de investigadores: «Organization of a plant-arthropod association in simple and diverse habitats: the fauna of collards» (Ecological Monographs, 43: 94-125). En él analizó cómo se distribuían los insectos en parcelas de col cultivadas en entornos de mayor o menor diversidad vegetal, comparando lo que ocurría en monocultivos simples frente a hábitats con una mayor riqueza de especies vegetales.
Su conclusión fue clara: cuanto más diversa es la vegetación de un agroecosistema, menores son las poblaciones de plagas. No obstante, lo más significativo de su trabajo no fue la mera observación de este fenómeno (la cual la población agrícola ya intuía) sino la explicación precisa de los mecanismos que la producen. Root formuló dos hipótesis complementarias que hoy llevan su nombre y que, juntas, explican por qué la biodiversidad es la mejor aliada de la agricultura frente a las plagas.
Primer mecanismo: la hipótesis de los enemigos naturales
El primer mecanismo es quizás el más intuitivo. Un campo con diversidad vegetal (plantas en flor, especies aromáticas, setos con árboles, cubiertas vegetales, franjas de vegetación espontánea gestionada…) proporciona a los depredadores y parasitoides de los insectos-plaga todo lo que necesitan para sobrevivir y reproducirse a lo largo de la temporada.

¿Qué necesitan exactamente estos aliados? Varias cosas que en un cultivo simplificado no existen. Muchas avispas parasitoides, sírfidos y crisopas se nutren de flores, necesitan fuentes de néctar y polen para alimentarse en su estado adulto, antes de poner sus huevos para que luego las larvas controlen a las plagas. Necesitan refugio en los momentos en que la plaga escasea, para no emigrar o desaparecer del agroecosistema. Necesitan presas o huéspedes alternativos que les permitan mantener sus poblaciones antes de que llegue el pico de la plaga principal. Y necesitan de una infraestructura ecológica con microclimas adecuados (temperatura, sombra, humedad…) para cumplir sus ciclos biológicos.
Cuando esas condiciones existen, los aliados naturales de la persona agricultora (mariquitas, crisopas, avispas parasitoides, sírfidos, carábidos, arañas…) se mantienen presentes y activos durante toda la temporada. Su abundancia y diversidad crece. Y cuando llega la plaga, hay una red funcional de control natural lista para actuar.
Este mecanismo se ha documentado extensamente. Los investigadores Altieri y Nicholls, de la Universidad de California en Berkeley, han sintetizado la evidencia científica sobre esta cuestión, concluyendo que los sistemas diversificados generan condiciones consistentemente desfavorables para las plagas especializadas, tanto por la acción de los enemigos naturales como por la dificultad de localización del recurso. Queda así constatado que los insectos fitófagos especializados (NUESTRAS PLAGAS) son significativamente menos abundantes en agrosistemas diversificados.
Un ejemplo especialmente ilustrativo procede de los viñedos orgánicos de California, donde se mantuvieron cubiertas vegetales con especies en flor durante toda la temporada, en lugar de eliminarlas a principios del verano como es habitual. Durante dos años consecutivos observaron densidades significativamente más bajas de cicadélidos (conocidos como saltahojas) y trips, al tiempo que registraron mayores poblaciones y mayor diversidad de depredadores, incluyendo avispas, Orius (pequeñas chinches depredadoras), coccinélidos (mariquitas) y arañas.
Segundo mecanismo: la hipótesis de la concentración de recursos
El segundo mecanismo que Root identificó opera desde otro ángulo: no se centra en los enemigos de las plagas, sino sobre las plagas mismas, sobre cómo se dificulta directamente su capacidad de localizar y explotar nuestros cultivos.
La lógica es la siguiente: una plaga especializada, por ejemplo, un pulgón que ataca nuestras habas o un lepidóptero cuyas larvas se alimentan de nuestras coles, localiza su planta hospedadora principalmente a través de estímulos químicos y visuales. En un cultivo de una sola especie, esas señales están concentradas, sin interferencias, amplificadas por la extensión del monocultivo: todo huele igual, todo se ve igual, y la plaga puede instalarse, moverse, alimentarse y reproducirse con facilidad y eficiencia.
En un sistema diversificado, en cambio, las señales químicas de la planta hospedadora (nuestro cultivo) quedan enmascaradas o diluidas por las emisiones de otras especies vecinas (plantas auxiliares). Los obstáculos físico-químicos que generan las distintas especies vegetales dificultan y “confunden” la circulación del insecto-plaga. Las condiciones microclimáticas son menos uniformes y menos óptimas. Para la plaga, encontrar su hospedador en ese entorno heterogéneo es mucho más costoso en tiempo y energía y, una vez que lo encuentra, las condiciones para instalarse y reproducirse son peores que en un monocultivo.
Tercer pilar: el suelo vivo
El resultado es que la plaga se instala con menor eficiencia, sus ciclos reproductivos son más lentos y sus densidades poblacionales se mantienen más bajas, incluso antes de que intervengan los enemigos naturales. Así, los dos mecanismos se encadenan: la diversidad vegetal dificulta la colonización por parte de la plaga (efecto concentración de recursos) y, al mismo tiempo, sostiene a los aliados que la controlan cuando llega (efecto enemigos naturales). Son dos caras del mismo proceso de autorregulación, y actúan de forma simultánea y sinérgica.
La investigación agroecológica ha incorporado un elemento adicional a la Hipótesis de Root que su trabajo no contemplaba explícitamente: el papel del suelo vivo como base de la salud de los cultivos y, por tanto, de su resistencia a las plagas.
Los suelos con alto contenido de materia orgánica y una gran actividad biológica (lombrices, hongos micorrícicos, bacterias beneficiosas…) sostienen cultivos con mejor nutrición, más equilibrada y más gradual, lo que a su vez se traduce en plantas con mayor capacidad de resistencia.
La presencia de microorganismos beneficiosos en la rizosfera (hongos micorrícicos y hongos del género Trichoderma) se ha relacionado con una inducción de resistencia sistémica en la planta frente a nematodos, reduciendo su desarrollo en las raíces sin necesidad de ningún tratamiento químico. Hermosa et al. (2012) documentaron en detalle los mecanismos mediante los cuales Trichoderma activa las defensas de la planta, incluyendo la producción de fitoalexinas y otras proteínas relacionadas con la patogénesis. Por su parte, De Medeiros et al. (2017) demostraron que Trichoderma atroviride induce resistencia sistémica en tomate frente al nematodo Meloidogyne javanica, reduciendo el número de adultos dentro de las raíces, sin necesidad de contacto directo entre el hongo y el parásito, es decir, actuando a través de la planta misma. Lo que hace que este hallazgo sea especialmente llamativo es que esa resistencia inducida se transmitió incluso a la siguiente generación de plantas.
Aquí es donde la Hipótesis de Root conecta de forma natural con otra teoría que ya hemos tratado en Andalhuerto: la Teoría de la Trofobiosis de Francis Chaboussou. Este demostró que la susceptibilidad de una planta a las plagas y enfermedades depende directamente de su estado nutricional interno: una planta bien nutrida, con un metabolismo equilibrado y una síntesis proteica eficiente, simplemente no ofrece a los parásitos el sustrato que necesitan para prosperar.
El mensaje que emerge de ambas teorías es el mismo:
La biodiversidad sobre y bajo el suelo están profundamente conectadas, y ambas contribuyen a la salud del cultivo y a su resiliencia frente a plagas.
Aplicaciones prácticas para el huerto
La Hipótesis de Root no es solo teoría. Tiene consecuencias directas y concretas para cualquiera que gestione un huerto o una finca, independientemente de su escala.
Asociaciones de cultivos. Mezclar, intercalar cultivos tiene una base científica sólida. Al diversificar las especies presentes en la parcela se enmascaran las señales químicas del cultivo principal, se dificulta la localización por parte de las plagas especializadas y se crean las condiciones que necesitan los enemigos naturales. Asociaciones clásicas como tomate con albahaca o maíz con judía y calabaza no son casualidad: son siglos de observación campesina que la ciencia ha terminado por confirmar.
Mantener plantas con flor durante toda la temporada. Caléndula, hinojo, eneldo, cilantro, tagete, borraja, tabaco son mucho más que decoración. Son el sustento de los enemigos naturales de las plagas. “Sin flores” accesibles todo el año, muchos insectos beneficiosos no pueden completar su ciclo reproductivo y desaparecen del agroecosistema justo cuando más se necesitan.
Cuidar y gestionar los márgenes del cultivo. Los bordes con vegetación silvestre o los setos de plantas no cultivadas son los reservorios desde donde los enemigos naturales colonizan el cultivo. Cuanto más diversa y continua sea la franja perimetral, más eficaz y constante será esa colonización a lo largo de la temporada.
Como ejemplo en el ámbito mediterráneo, podemos citar el estudio de Buendía (2025) en Valencia, donde se describe una finca hortícola ecológica con setos y lindes de vegetación autóctona (incluyendo la olivarda, Dittrichia viscosa y otras plantas refugio) diseñadas para favorecer enemigos naturales. Los resultados muestran una alta presencia de míridos depredadores (o chinches de las plantas) y una reducción efectiva de la plaga de la Tuta del tomate (una pequeña polilla muy destructiva de origen americano).
Incorporar materia orgánica y cuidar la vida del suelo. Compost, humus de lombriz, mulch (acolchado), cubiertas vegetales y abonos verdes no son solo fuente de nutrientes para nuestros cultivos, además constituyen el alimento de la biota edáfica que sostiene la fertilidad y la salud de las plantas desde abajo. Un suelo vivo produce plantas más equilibradas, y las plantas más equilibradas son menos vulnerables a las plagas.
Concluyendo, la obsesión por “esterilizar” el agroecosistema ha terminado convirtiendo muchos campos en desiertos biológicos incapaces de autorregularse. Cuando eliminamos la biodiversidad vegetal, simplificamos el paisaje y reducimos el suelo a un mero soporte físico, rompemos las relaciones ecológicas que durante millones de años mantuvieron el equilibrio entre plantas, insectos y microorganismos. En definitiva, como sintetiza la Hipótesis de Root, y la agroecología lleva décadas repitiendo: los agroecosistemas complejos y diversificados son más estables, más resilientes y más productivos a largo plazo, porque aprovechan la red de relaciones ecológicas que la naturaleza ha perfeccionado durante millones de años.
La biodiversidad en el campo no es un lujo ni un ideal romántico, es la infraestructura ecológica (con especies asociadas, cultivos intercalados, plantas con flores, setos, cubiertas vegetales y un suelo vivo) que sostiene la salud de nuestros cultivos.

Referencias bibliográficas
Altieri, M. A. y Nicholls, C. I. (2004). Biodiversity and Pest Management in Agroecosystems, 2ª edición. Haworth Press, Nueva York. ISBN: 978-1-56022-923-0.
Buendía Sánchez, A. (2025). Control biológico de Tuta absoluta (Meyrick) (Lepidoptera, Gelechiidae) en cultivo de tomate ecológico en Valencia r. TFG. UPV. ETSIAMN.
De Medeiros, H. A., Vieira de Araújo Filho, J., Grassi de Freitas, L., Castillo, P., Rubio, M.B., Hermosa, R. y Monte, E. (2017). Tomato progeny inherit resistance to the nematode Meloidogyne javanica linked to plant growth induced by the biocontrol fungus Trichoderma atroviride. Scientific Reports, 7: 40216. doi: 10.1038/srep40216.
Hermosa, R., Viterbo, A., Chet, I. y Monte, E. (2012). Plant-beneficial effects of Trichoderma and of its genes. Microbiology, 158(1): 17-25. doi: 10.1099/mic.0.052274-0.
Nicholls, C. I. (2010). Contribuciones agroecológicas para renovar las fundaciones del manejo de plagas. Agroecología, 5: 7-22.
Nicholls, C. I., Parrella, M.P. y Altieri, M. A. (2000). Reducing the abundance of leafhoppers and thrips in a northern California organic vineyard through maintenance of full season floral diversity with summer cover crops. Agricultural and Forest Entomology, 2(2): 107-113. doi: 10.1046/j.1461-9563.2000.00054.x.
Root, R. B. (1973). Organization of a plant-arthropod association in simple and diverse habitats. Ecological Monographs, 43: 94-125.






